LA CHICA DE LA MESA DE ENFRENTE


Fue una quedada poco habitual pero no del todo sorprendente. Éramos una mezcla de las sobras de lo que quedaba por Madrid en el puente de San Isidro. No sé si has visto The Leftovers, pero nosotros éramos los elegidos a quedarnos mientras el resto desaparecían sin dejar rastro ni explicación.

Suelo comentar con mis amigos, familiares y demás allegados, porque generalmente tiendo a quemar cada tema de conversación que me resulta reseñable, lo mucho que envidio ese sentimiento de orgullo y pertenencia que tienen los maños con el Pilar, los valencianos con las Fallas, los andaluces con sus Ferias, los navarros con San Fermín o los cántabros con su Semana Grande.

Nosotros huimos de las fiestas de nuestra ciudad como de esas tías que en las bodas vienen a preguntarnos cuando sentaremos por fin cabeza. Ni interés, ni ganas la verdad. Y es que me atrevería a asegurar que el 90% de los madrileños desconocen absolutamente lo que es la pradera de San Isidro y lo que allí sucede durante las fiestas. ¿Qué fiestas? ¿En Madrid? Debes estar equivocado.

Resulta que no, que existe algo, y que ese algo que sucede allí se escapa a mi conocimiento y mi control. Pero no me preguntes porque seguiré ignorándolo. El caso es que estábamos contándonos batallitas varias en una terraza de las que habitualmente están impracticables pero que ese día ofrecía un ambiente ideal. Lo bueno de juntarnos gente que no solemos vernos habitualmente es que las historias que se comparten son una suerte de selección de las mejores anécdotas ocurridas en los últimos meses. De las que te hacen pensar que tu vida dista mucho de ser genial porque tú no tienes en tu zurrón historias tan impresionantes.

El paracaidista

Entre risas, copas, más risas y más copas veo como desde lejos un camarero se me queda mirando fijamente y comienza a acercarse sigilosamente, bordea a mis compañeros de mesa y me entrega, cuidadosamente doblado, un pequeño papel.

– Me lo ha dado la chica de la mesa de enfrente para ti.
– ¿Perdona?
– Sí, sí. Encajas con la descripción.

No te voy a engañar, no me pillaba del todo descolocado. Soy una persona absolutamente dispersa y de vez en cuando y de cuando en vez me gusta fijarme en lo que ocurre en las otras mesas aunque en la mía puedan estar escribiéndose las bases del nuevo orden mundial.

En ese proceso, dado que en mi cabeza soy un galán y sobre el papel un torpe, trato de adivinar las conversaciones de las parejas, intuyo las discusiones de los grupos e incluso participo mentalmente de ellas y comparto miradas con quien me resulta interesante. Y “la chica de la mesa de enfrente” me lo había parecido.

francoise hardy

Al abrir el papelito, este rezaba: “Me encanta tu voz. 6XX XXX XXX. L.”
No pienso regalar el número de teléfono de mi… ¿admiradora? ¿Qué tipo de galán sería yo si lo hiciera? Ya me respondo yo. Uno terriblemente malo.

La conversación de mi mesa iba camino de convertirse en el próximo manual del buen vividor y yo, que había aportado entre poco y nada, tenía ante mí la reina de las anécdotas, en vivo y en directo. Ni que decir tiene que una vez que compartes la historia, todos se sienten participes y se disponen a opinar. Necesitaba mi minuto de gloria.

Mientras el resto decidía sobre mi destino esa noche, yo no podía parar de pensar en la de veces que hubiera debido escribir mi número de teléfono en un papel. La de chicas de las que me enamoré locamente sin jamás mediar palabra con ellas. La de historias que dejé de vivir por simple miedo, pereza, o cobardía. Me pareció un gesto valiente con poco más que un mensaje sin respuesta como riesgo. Pero de nuevo: ¿Qué tipo de galán sería yo si declinase la invitación? Ya me respondo yo. Uno terriblemente malo.

El debate nos acompañó durante la tarde, continuó en la cena y nos siguió en el bar mientras enfilábamos la duodécima. Algunos se iban a casa, otros se sumaban a nuestra causa y todos opinaban sin dudar.

Tras cuatro horas, seguía(mos) sin decidir qué debía(mos) hacer con L. Mi anécdota seguía ganando adeptos. Cuando íbamos a cambiar de bar, dos chicos sentados en la mesa de al lado nos detuvieron.

– ¡No! ¡No os vayáis! Tenemos que saber cómo acaba.
– La verdad es que no sé que debo hacer, así que sumaos y a ver si me ayudáis a decidirme.

En la nota decía que le encantaba mi voz, algunos mantenían que no podía limitarme a enviarle un simple mensaje, tenía que llamarla. O no.
Por unas cosas o por otras, parecía que me iba a quedar de nuevo a las puertas de hacer lo correcto, de dar el salto. De nuevo galán en mi cabeza, patoso sobre el papel.

Pero entonces, ¡Boom! Alexis apretó el gatillo. Soltó el desencadenante definitivo. La frase que provoca tormentas, la que hace que se mueva el mundo: ¡No tienes lo que hay que tener!

Lo tuve. Aunque le dimos muchas vueltas, al final fue muy simple. Le escribí, me respondió. Le volví a escribir y me volvió a responder. Y llamé. Veinte minutos después hablábamos sentados en un banco de la plaza del Dos de Mayo. Yo necesitaba entender qué le empujó a dejarme aquella nota. No podía resistirme a hacer esa pregunta.

LaLaLand

“Ahora todo parece muy fácil, hay mil formas de conocer a gente y sin embargo hemos dejado de conocer a las personas por lo que nos transmiten. Me hiciste gracia, me gustó lo que contabas y sin ese papelito… no estaríamos aquí. ¿Quién sabe si esto llevará a alguna parte? Pero quizás si. Es esa remota posibilidad la que hace que merezca la pena arriesgarse. Al fin y al cabo, tenemos mucho por descubrir y nada que perder.”

Ese gesto me permitió conocer a una persona interesantísima con un punto de vista que nunca me había planteado y lo que es mas importante, me invitó a dar un paso adelante. Me retó a no volver a quedarme atrás. Hablamos durante dos o tres horas más hasta que se tuvo que ir.

Tras acercarla a su casa, volví de fiesta con mis amigos (viejos y nuevos) dándole vueltas a esa idea que guardaría para mi. Y seguí pensando en la de papelitos que nunca entregué. En la de gente que me perdí.

Creo que es importante que entreguemos esos papelitos cuando llega la ocasión, sean literales o metafóricos. El paso más pequeño en la dirección correcta puede acabar siendo el mayor paso de tu vida. Ese va a ser mi propósito de ahora en adelante. Dar pasitos. Entregar papelitos.

Ya te contaré cuantas bofetadas me traigo para casa y cuantas historias imborrables quedan en mi recuerdo.

Á.J.

3 comentarios en “LA CHICA DE LA MESA DE ENFRENTE

  1. ¡Hola!
    He llegado a este rinconcito de magia gracias a las casualidades de la vida, pero he de decirte que me ha encantado. Me ha encantado el título, el diseño y sobre todo – y más importante – lo mucho que transmiten las palabras que hay aquí escritas. Gracias por compartir todo lo bonito que llevas por dentro, se nota que escribes desde el corazón.

    En cuanto al post, me ha gustado mucho. Es cierto que a veces un solo paso, un solo papelito, es la distancia entre conocer o no a una persona interesantísima que podría cambiar por completo la manera en la que vemos la vida. A veces no tenemos lo que hay que tener y, desgraciadamente, por falta de coraje nos quedamos sin conocer a alguien que podría protagonizar las anécdotas y las historias que contemos cuando seamos mayores y estemos en una mecedora rememorando nuestra vida jeje… Gracias por hacerme reflexionar.

    Ha sido un auténtico placer leerte, de verdad, espero poder pasarme más a menudo porque realmente merece la pena. Y, con tu permiso, me quedo por aquí.
    ¡Un abrazo enorme!

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    • Muchísimas gracias por tu mensaje. No sabes la ilusión que hace leer que hay gente a quien le llega y le transmite el contenido de nuestros textos.
      Eres bienvenida a pasearte e investigar, pero no te quedes solo aquí porque no publicamos tanto.
      Un beso
      Á.J.

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