¡VAYA SI ME HICIERON UN TRAJE! 


Frase lapidaria: Cada situación, cada fase, cada ocasión tiene su momento. Y si no es el momento, es que no tiene que ser. Pero resulta que hay días en los que no entiendes el follón en el que te has metido. De hecho, no entiendes ni cómo se ha formado semejante carajal y cualquiera diría que el karma entero está en tu contra.

Empiezo filosófico y me vas a disculpar pero no me queda más remedio. No sabes de qué hablo. No tienes ni la más remota idea. Y sin embargo lo entiendes. Hay detalles que te cambian. Fases que le dan la vuelta a tu vida. Balazos que te sacan de un sueño y te empujan a la realidad. Pero desanimarse no sirve de nada.

De repente, un día, todo cambia y transforma tu mundo.

Esta es una historia de ganas e ilusión, de decepción y desconfianza, una historia en la que empecé teniendo todo bajo control y al final, como siempre, me hicieron un traje. If you know what I mean.

Y es que ese fue precisamente mi regalo de Reyes. Bueno, lo que se dice un traje, un traje, no fue. Fue uno de esos mensajes que le dejan a uno petrificado: VALE POR UN TRAJE.

¡Muchísimas gracias! Me flipa. Me encanta. ¡Qué narices! Necesito un traje.

Me hizo muchísima ilusión pero tranquilo, vaquero, que no vale cualquier cosa. No es tan fácil como llegar a una terraza y pedirse una copa, si es que eso es fácil hoy en día. Puedes hacerlo si quieres pero te verás cambiando constantemente hasta dar con el idóneo. Y eso no va mucho conmigo.

Así que se aparecieron ante mí tres mil ochocientas veinticinco dudas.

¿Cómo quiero que sea mi traje? ¿Qué color? ¿Con o sin dibujo? ¿Con carácter o más discreto? ¡PUFFFF!

El caso es que al cabo de unos meses, (meses, sí, con la misma determinación que me caracteriza en cada momento decisivo de mi vida) me planté en una tienda queriendo que me hicieran un traje. Pero no. La primera en la frente. Ahí los trajes no se hacen, te arreglan los que ya tienen. Pensé: bueno, a ver qué pueden hacer conmigo. Tras reírse en mi cara, el dependiente me empezó a enseñar diferentes modelos que él consideraba adecuados. Creo que tengo pinta de persona que no sabe lo que quiere.

Aunque la verdad es que me había enamorado a primera vista. Era impecable, con carácter pero de apariencia tímida y muy elegante. Con algo de miedo, le pido a mi guía de estilo que me la presente. De cerca, el flechazo se confirma, me enfundo la chaqueta y pasó lo que tenía que pasar. Estaba hecha para mí. Yo, que con muy poco me ilusiono ya estaba empezando a construir mi castillo de naipes.

Pero llegó el segundo acto y me pasó lo que siempre me pasa cuando construyo esos tipos de castillos, que la decepción cogió sitio y tiró a la ilusión por la ventana cuando me enfundé el completo porque el pantalón no quería saber nada de mí. Si te he visto no me acuerdo, guapo.

Yo me empeñé. Cegado. Esa era mi elección. No me valía otra. No quería volver a peinar el mercado. Una mitad encajaba tan bien conmigo que no podía creerme que la otra me traicionase de tal forma. No se podía arreglar, y no se podían mezclar tallas. El mundo (de la confección) es injusto. LIFE IS A BITCH.

Fue entonces cuando, con toda la honestidad del mundo, una mirada fría y un gesto de ligero consuelo, aquél que yo había considerado como un maestro de este juego al que llamamos vida me regaló una reflexión profunda, una frase perfectamente adecuada, idónea, que explica por qué me sigo llevando estos guantazos día sí, día también: Por mucho que lo intentemos, amigo, hay trajes que sencillamente no tienen arreglo, trajes que no están hechos para nosotros.

Que no están hechos para nosotros.

Y estuve entonces pensando en esa frase, intentando buscarle la lógica, cuando una buena amiga me recomendó otro sastre con promesas de variedad, cortes a medida y un sinfín de divertimiento. Tenía demasiada buena pinta como para no intentarlo.

Y allí me encomendé, lamiéndome las heridas del pasado como quien no se fía ni de su sombra.

Con cada paso iba repasando los errores cometidos la primera vez y de golpe, me volví a ilusionar. Entré buscando esos detalles que antes me habían gustado tanto con la suerte de no encontrar defecto alguno. Me tomó cada medida con total naturalidad y no dio puntada sin hilo. No tuve siquiera la ocasión de probármelo. Y aun así me quedé prendado y disfruté muchísimo el proceso.

Esos momentos me enseñaron que no tenía sentido empeñarme y cegarme con un traje que no estaba hecho para mi. Te puedes emperrar y quedártelo pero sabes que a la postre no estarás cómodo y tarde o temprano necesitarás cambiar.

Necesitaba algo con lo que estuviera cómodo. Con lo que no me importara repetir. Necesitaba ese algo divertido y pícaro pero a la vez suave y delicado. Al fin y al cabo, hay trajes que sencillamente no están hechos para nosotros, y merece la pena buscar ese otro que sí.

Buscarlo y encontrarlo y comprártelo.
¡Vaya si me hicieron un traje!

Á.J.

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