SOBRE LOS TROFEOS QUE COMPARTIMOS


“El tenis es un deporte muy duro, donde solo puede haber un ganador. Pero sí acaso pudiese empatarse, si dos jugadores pudiesen compartir un campeonato, de igual a igual, quiero que sepas que me habría encantado compartir este abierto contigo.”

Así es cómo el suizo de Roger recogía en Australia, con su ya de sobra conocida elegancia, el trofeo del open hace un par de domingos.

Y será que andaba yo un poco despistado a esas horas de la mañana, recuperándome aún de la resaca que me dejaste, pero el caso es que aquel discurso me hizo pensar en dos cosas muy particulares:

(i) Que pocos viajes me apetecen más que perderme con un descapotable por las entrañas del país de los canguros;
(ii) Que la vida no es un open y que sí que hay muchos trofeos que podemos, y debemos, compartir entre nosotros.

Trofeos que no serían tal si nos los guardásemos para nosotros mismos. Trofeos que no requieren toda una vida de entrenamiento, cinco horas en la pista y tres bolas de partido, sino que los vivimos a diario sin parar a celebrarlos. O, al menos, no lo suficiente.

De eso va el post de hoy, creo. De trofeos compartidos. De trofeos como gin tonics.

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Porque un gin tonic es el mayor acelerador social que existe: la ginebra envalentona el habla y la tónica es una tumba de amarguras. Sin mayores excentricidades, una copa bien servida es la mejor banda sonora para esas charlas que tenemos pendientes, para esas charlas compartidas.

Con un amigo, con esa chica o con tu padre si el momento se tercia. Esas charlas sobre gustos, ambiciones y conjuras improvisadas. Sobre miedos y esperanzas. Sobre nuestros planes del pasado y nuestros errores del futuro. Sin móviles de por medio, sin relojes ni distracciones. Dicen que no hay mayor intimidad que la que se destapa en una charla de tú a tú y que una charla de tú a tú vale por diez mil mensajes escritos. Una charla para entender, que no demostrar, para preguntar, para escuchar, cuyo mejor complemento pueden ser, irónicamente, unos segundos de intensos silencios.

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Porque los silencios también se comparten. Porque no hay nada malo en cerrar el pico un momento. Porque un silencio puede hablar más alto que cualquier palabra lanzada sin propósito. Porque una de las cosas más maravillosas del silencio es que, por definición, no podemos repetirlo. Porque somos maestros de todo aquello que callamos, pero esclavos de todo lo que decimos. Porque lo más importante de la comunicación es escuchar lo que no dicen las palabras, como un guiño, como una sonrisa, como una mirada. Como esa mirada.

Esa maldita mirada. Todavía no han inventado mayor droga para un chico que la mirada sostenida de una chica de bandera. Una mirada que te hiela como el granizo en pleno enero y te funde como funden el acero toledano. Una mirada que te cose a balazos antes incluso de que hayas puesto un solo pie en tierra, pero eh, aquí hemos venido a jugar. Y hay miradas que bien valen cien balazos.

Aunque eso sea una irresponsabilidad, porque las irresponsabilidades compartidas son menos irresponsables. Y si no, siempre puedes recurrir a este genio norirlandés, que es uno de esos que lleva una boina ladeada y el bigote repeinado, ponerte esta canción a todo trapo y hacerle los coros cuando vuelvas a tu casa:

O cuando te vayas un fin de semana. A la playa o a la sierra o a donde tú quieras. En verano o en invierno, con sol o con lluvia. Dos días de desconexión absoluta después de cinco de trabajo interminable rodeado de gilipollas incompetentes, he ahí lo que considero la décima sinfonía que Beethoven nunca compuso. Y llegar a la costa y sentir el mar antes de verlo, o subir a esquiar y pegarte un castañazo de los que marcan una época. Que para el caso es casi lo mismo.

Trofeos, al fin y al cabo, que se celebran más y se celebran mejor en buena compañía.

Y ahora, sabiendo que este mes no voy a poder irme de viaje con esos marsupiales tan divertidos –o sí, oye, no descartemos opciones racionales antes de acabarnos el gin tonic–, no se me ocurre mejor manera de vivir en febrero que pasar un fin de semana contigo y compartir todos esos trofeos que nos vayamos ganando entre canciones.

Y que me cosas a balazos.

GdG

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2 comentarios en “SOBRE LOS TROFEOS QUE COMPARTIMOS

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