AL PRÓXIMO INVITO YO


¡Una piscina aquí, por favor! Digo mientras empujo la puerta del bar. Así se le llama al doble de cerveza en nuestro pequeño rincón. ¿La razón? Nada como una piscina para ahogar las penas o para ahogarnos nosotros. Y para penas, las de una semana infinita en la que el único sol que recuerdas es aquel de tu fondo de pantalla, el del paisaje paradisíaco reflejado en aguas cristalinas.

Así que, como cada miércoles, nos reunimos los de siempre, donde siempre, dispuestos a debatir lo de siempre: la solución de todos los problemas habidos y por haber. Los míos, los tuyos, los de aquel, los de esa pareja que discute y los del mundo en general. El mundo no va a salvarse solo.

Es nuestro pequeño oasis en medio de ese desierto que tenemos por semana. Un ritual hebdomadario que nos permite ventilarnos rápido al jueves y plantarnos con los pies por delante en un viernes por la noche poblado de problemas que resolveremos a su debido tiempo. Un círculo vicioso que nos encanta, y del que no nos sacan ni al cerrar el bar.

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Ya con cerveza en mano, no puedo evitar recordar la extraña sensación con la que me acosté el domingo pasado. Por una improbable serie de desdichas encadenadas, cada uno acabó en un rincón diferente, con gente distinta, haciendo cosas dispares y escribiendo historias diversas. Y un fin de semana sin juntarnos ya son demasiados.

Por eso hoy es noche de cuentos fantásticos, de próximos viajes, de fiestas repletas de gente, de medias maratones, de confesiones cerradas, mentiras abiertas y de bochimbas. Sobre todo de bochimbas.

 ¿Que no sabes qué es? Normal. No lo busques en la RAE, no lo encontrarás. Es un término acuñado en el seno profundo de la panda de sinvergüenzas que protagoniza este texto y que junta lo maravilloso de una botella con lo extraordinario de una cachimba. Esa terrible combinación que desencadena muchas de las locuras que perpetramos en noches oscuras, de lluvia en la calle y techos bajos. Unos chupitos de Jäger como aderezo y la partida está servida.

El principio del fin de nuestros recuerdos. El recuerdo del fin de nuestros principios.

De vuelta a nuestro bar, las historias mejoran por momentos; fruto quizás de la carrerilla que cogemos, de la  imaginación y la exageración o de las piscinas que ahora se llenan de tres en tres. O de todas ellas, pero el caso es que nuestra capacidad dramatúrgica se afina tras cada uno de esos cigarros que consumidos, se amontonan en el cenicero.

Y cómo aquí no falta nadie, el que no tiene nada que contar se lo inventa. Total, nada más divertido que una mentira bien hilada y una amistad entre idiotas reunidos. Y para idiotas, nosotros.

El caso es que las hubo de todos los colores: copas matutinas junto al río, carreras de madrugada, amores de un minuto, de dos miradas y de vidas enteras, sobremesas memorables y crímenes sin resolver. De esos en los que te reconoces en la víctima, que se despierta confusa y desorientada y no sabe muy bien lo ocurrido, pero al que las migas de pan encontradas le llevan de vuelta a corbatas en la cabeza, sonrisas inconexas, trenecitos y baños en la fuente.

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Salgo del bar con la cabeza como un bombo, afónico de levantar la voz, con agujetas en la tripa de tanto reír y con la ferviente promesa de no volver a juntarnos todos como mínimo hasta el viernes, que es pasado mañana.

Y a la postre se pueden sacar varias conclusiones. Tres, en realidad. La primera es que todas nuestras historias empiezan con una botella y acaban con una mujer. La segunda es que esa mujer no es una cualquiera. Siempre eres tú, que estás en todos los saraos, que dominas las batallas con la destreza de quien conoce el desenlace, que mantienes la calma cuando yo pierdo los nervios. Y la tercera, es que una mirada es más peligrosa que una espada. Una mirada te congela antes de que la espada se desenvaine. Una mirada, esa puta mirada.

Y la verdad, no me extraña. Sois nuestra mejor droga y nuestra peor resaca. Nos engancháis con un solo tiro y luego no hay quien nos quite el mono.

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¡Pero joder! Lo bien que sienta confesar todo ello que nos apasiona y que nos negamos a lanzar por la borda no nos lo quita nadie. Sabernos perdedores de la batalla pero dignos contrincantes. Reírnos de nosotros mismos, de cada acierto y cada fallo. Prometer que nunca más una mirada nos fulminará, y sabernos mentirosos sin dudar. Lo que se disfrutan estos miércoles.

Al próximo invito yo.

Á.J.

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