Y QUE NOS VEA TODO EL BAR


Un tipo muy ingenioso dijo una vez que bailar es como soñar con los pies.
Y otro tipo no menos ingenioso dijo que bailar en pareja es como tener la más íntima de las conversaciones.

Así que aquí estamos los nueve, esos mismos de cuyas aventuras han corrido ya ríos de tinta por aquí, terminando otra cena con los bailes venideros en mente, celebrando la inminente llegada de nuestra querida primavera y celebrando que un viernes cualquiera, cualquier cosa puede ocurrir. Celebrando, por así decirlo, porque nada se nos da mejor que celebrarlo. Y estamos todos ahí, de pie, como para aguantar el envite de cualquier caballería, agarrando las copas como agarramos nuestras propias promesas: las mejores, decimos, son aquellas que no se diluyen ni con el último hielo de la copa.

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Y es entonces cuando, perdido entre las copas y promesas, recordé cómo la semana anterior aquella pareja tan peliculera se había cruzado en mi camino. Y también recordé prometerles un brindis, a ellos dos, al verles alejarse por el espejo retrovisor después de los quince segundos que duró lo que queda aquí descrito.

Yo, parado en un semáforo, pensando ya en cómo sería el nuevo día. Ella, una mano al aire y una sonrisa que se le salía del rostro. Él, buscando aquella mano entre las nubes y con pie y medio bajo la lluvia, apenas dos pasos por detrás. Ambos bailaban, elegantes, como si nadie les mirase. Y en ese momento a mí me entró un poco de envidia, viéndome allí embobado, porque parecían esconder un secreto que el resto ni nos imaginábamos. Así que abrí la ventana, sentí cómo mis pulmones despertaban con dos suspiros de aquella brisa madrileña, y me quedé observándoles. Desarmado. Encantado con esa espontánea familiaridad que parecía motivarles. Con ese ritmo pegadizo y esa entrega total.

Aquel recital fue todavía más sugerente porque habían puesto en mute la banda sonora. No bailaban para el resto. Se contaban una historia entre gestos, miradas y sonrisas. Ni siquiera se giraron. A efectos prácticos, podían haber sido dos enfermos majaretas hechizados por alguna droga clandestina.

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Pero no lo eran, claro que no: eran dos artistas que no lo eran pero sí se lo creían. Dos personas que conversaban con un baile íntimo en medio de una jungla de semáforos, coches y otros peatones. Cada movimiento, cada paso de uno de ellos parecía una respuesta involuntaria que solo tenía sentido para ellos dos.

Ellos me mostraron que un baile, al fin y al cabo, no es un acto individual, es una charla compartida. Una charla profunda y prolongada. Un buenos días y también un buenas noches. Una manera de vivir. De alguna forma, un baile es nuestra propia fantasía.

Como esa chica que baila en el metro a las siete y media de la mañana bajo una atenta marea de miradas sorprendidas. Como esa chica que cierra un bar bailando con Sinatra porque quiere despertarse en una ciudad que nunca duerme. Como el segundo gin tonic que baila despacito después de un rato mirándote. O esa sutil advertencia que baila el Cascanueces en tus ojos transparentes.

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Y ahora, esta noche, con el baile de aquella pareja aun dando tumbos en mi cabeza, con esta alegría que nos viene por barrios y muertos todos de una risa contagiosa, fieles a nuestras propias promesas, sin otra fortuna que nuestros propios pensamientos y sin más futuro que esta misma noche, estamos los nueve brindando por todas esas charlas que bailamos cada día con mayor o menor destreza, por esas chicas cierrabares y esos gin tonics que nos queman la mirada, por esas pupilas cristalinas que bailan lo que no dicen las palabras y por esos nunca dejaremos de celebrarlo.

Por esas fantasías, en definitiva, que nos sacan del trabajo y luego cierran nuestros bares.

Por esas fantasías, en definitiva, que se revelan una noche con una copa y dos canciones de más, la música a los flancos y el baile por bandera.

Que nunca te preguntan lo que quieres, porque eso ya lo saben. Te agarran fuerte de una mano y te sacan a bailar.

Y que nos vea todo el bar.

GdG

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