CAFÉS, DUCHAS Y VERDADES A MEDIAS


Apoyado en la barra de una cafetería observo con escaso disimulo a una pareja que desayuna sin levantar la vista de sus ”smartphones”. Su gesto se mantiene inmutable durante minutos. Me los imagino discutiendo por whatsapp sobre su relación, sobre aquello que necesitan cambiar, comentando lo interesantes que son las vidas de sus amigos. Lo único smart en esa mesa son sus teléfonos, me da a mí.

cafe-smartphone

Curiosamente esa escena refuerza la reciente idea de erradicar de mi día a día todas esas distracciones inteligentes que nos abrasan más que este maldito café que me acaban de servir. Y todo gracias a tres decisiones básicas que había tomado con más o menos determinación, nada más levantarme.

No fue un precioso amanecer lo que me había motivado por la mañana: son las ocho, la alarma de mi móvil sigue sonando cuando miro por la ventana y decido que ya son horas de empezar a moverme. Silencio el teléfono y lo abandono a su suerte como si fuera un bicho repugnante. El teléfono, digo.

Mi primera obligación para este año es ignorar ese pequeño apéndice artificial que nos acompaña cada minuto de nuestra fútil existencia. Porque no es una botella de oxígeno y no lo necesitamos para respirar. Me levanto rápidamente y abandono raudo la habitación para entrar cuanto antes en la ducha. La calefacción está bien, pero el frío que hace al salir de la cama no te lo quitan ni las buenas intenciones.

Es bajo el agua cuando el tiempo parece detenerse por completo. ¿Podemos estar frustrados aunque parezca que la vida va viento en popa? Puede que se nos olvidasen las velas, capitán, pienso al ver colgadas las toallas. Conversaciones demasiado trascendentes para discutir bajo la alcachofa. Soliloquios que nos montamos y que continuamos todo el día, rebatiendo nuestros propios argumentos y respondiendo ordenadamente de forma más o menos tajante.

Pretendemos ser adultos sin pagar el peaje y con las prisas acabamos siendo adictos a nuestros propios despilfarros. A las vidas en las redes. A las fotos de unas piernas en la nieve o dos abrigos en la playa. Adictos a una sobre-información descontrolada, pero adultos al fin y al cabo.

THE MAN FROM RIO, Jean-Paul Belmondo, 1964

Con el objetivo de controlar esta adicción mi intención es limitar el uso de esas redes que como telas de araña nos aprisionan y centrarme un poco más en el camino. En el vecino echando alcohol encima de la luna del coche para quitarle la escarcha y maldiciendo entre dientes ese frío tan acogedor, en los buenos días a la entrada de la oficina, en interesarme realmente tras cada “cómo estás”, en la cena de esta noche o en que el viernes es tu cumpleaños y todavía no sé…

De pronto me paro. He vuelto a pensar en ti. Y me doy cuenta, astuto y avispado que soy, de que la tercera distracción que me acompaña cada día es la más peligrosa de todas: tu sombra. Esa que nunca alcanzo. Esa que me atormenta y a la vez me fascina. Esa con la que sueño. La misma que entra y sale de mi día cada hora y cuarto o cada cuarto de hora.

Siempre obsesionado con la misma historia. Mi última maldita historia de amor. Aquella que se quedó solo en historia a secas porque tú, sabiéndote libre no quisiste que fuera. La que mantengo bajo custodia por si de golpe y porrazo se reinicia donde sin avisar se detuvo. Aquella que en realidad debería andar ya de paseo por Siberia pero que no dejo marchar, porque no quiero dejarla marchar.

Aquella que sacude mis días cada vez que mueves un dedo. Y la verdad es que quizás, solo quizás, es momento de entornar lentamente la puerta sin cerrarla del todo para ser consecuente con aquello que nos define: Libros, canciones, películas, copas, noches y chicas. Con ese chicas en plural sería todo más fácil. Pero la verdad también es que te sigo hablando a ti.

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Me consuela que también  voy a dejar de engañarme y montarme historias, que voy a cumplir todas esas verdades que me proponga. Sin excusas ni excepciones que confirmen la regla. Siempre puedo recurrir a lo que dijo Oscar Wilde, the truth is rarely pure and never simple. Y a ratos y en lo que se refiere a ti no me apetece averiguar qué verdad prefiero.

Á.J.

2 comentarios en “CAFÉS, DUCHAS Y VERDADES A MEDIAS

    • De lo primero me alegro mucho la verdad. No siempre gustan las historias de gente que se niega a cerrar puertas.
      Muchas gracias.
      De lo segundo, no sé si es algo bueno o algo malo pero espero que mis historias te ayuden a volver o a alejarte más aún.

      Á.J.

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