ESAS MALDITAS DOS PALABRAS


“Tenemos que hablar” son tres. Así que no, no hablo de eso. No te pases de listo que derrapas.

No te imaginas la que tuve ayer con ella. Me quedé flipando. Ya sabes que llevábamos unas semanas increíbles. Todo era una pasada. Un par de citas, cenas, cines, fiestas… vosotros os lleváis genial con sus amigas… la pareja perfecta. ¿Qué más se puede pedir?

Pero lo de ayer… Malditas dos palabras. En el momento no te imaginas que ella, al decirlo, está abriendo la caja de Pandora, desatando al Kraken, ha abierto Jumanji y el hipopótamo va a por ti; no va a haber quién te salve. Es letal. Desde ahí, las cosas cambian de golpe en la relación.

Te pongo en situación

Llevábamos toda la tarde paseando por el centro. El aire que se respira en estas fechas es absolutamente delicioso. Miro a los niños corriendo de escaparate en escaparate con la cara pringada y me quedo empanado. Veo a las chicas y… diría algo distinto, pero la verdad es que su relación con los escaparates es idéntica. Y a los tíos con esa cara de “con lo bien que estaría yo en cualquier otro lado”. Esa que pide a gritos un regalo por buenazo. Ese ambiente en las calles, con las tiendas abiertas, los mercados de Navidad, los beben y beben y vuelven a beber y ese olor a castañas asadas, a llamas, a carbón que se transporta por las calles en cucuruchos de papel de periódico… es algo que nos cambia.

Estábamos en nuestra salsa. En momentos así, las relaciones maduran muchísimo. Se cocinan vínculos diferentes. Todo acompaña. Estamos todos como drogados por el espíritu de la navidad y nada molesta. Es mirarnos y reírnos. Estamos más cariñosos y dejarse querer es muy fácil. Además, no lo vamos a negar, con el frío que hace, encontramos más excusas que nunca para tener contacto físico. Que si abrázame anda, tonto, que si ráscame aquí que me pica o que si dame la mano que tú la tienes calentita. “La mano, idiota, no pienses mal”. Sí. Ellas insultan siempre, cariñoso, pero siempre, pero cariñoso.

Ya sabes, se gana confianza.

Cualquier cosa tiene su coartada. Claro, con lo monos que estamos se puede sacar cualquier tema que todo va a ser algodón de azúcar. Los temas deslizan como las cuchillas de los patines en el hielo. En esos momentos ella está más dulce que nunca. Con la naricita más roja, la cabeza embutida entre los hombros y un gorro que solo te permite vislumbrar su cara. En ese instante, aunque mirándola de lejos con las mil capas que la envuelven parezca una albondiguilla (o un Ferrero Rocher, depende de los brillos), te la comerías. Ahí te empiezas a asustar.

¡Joder! ¿Si estoy pensando esto yo… qué no va a pensar ella? ¡Qué ñoño pensar en su nariz como si fuera un regaliz! ¿Qué es esto que siento en el estómago?

Entonces ella se adelanta y, para confirmar todos mis miedos, me dice esas temidas dos palabras:

-Tengo hambre.

¡Era eso lo que sentía en el estómago! Yo que pensaba que me estaba poniendo moñas… Resulta que soy idiota de verdad. Nunca habría podido imaginar la que se podía liar con esa inocente frase. ¡Es de primero de relationship management que preguntar por preferencias gastronómicas nunca funciona! Debí quedarme dormido ese día.

Me hubiera encantado dejar que decidiera ella. Pero a ella le “da igual”. Así que con mucho miedo, me lanzo. Le propongo tomarnos algo rápido y seguir con nuestro paseo.

– Acaban de abrir Five Guys en Gran Vía. ¿Nos pasamos y comemos por la calle? No se puede ser más neoyorkino.

– ¿Sí? No sé. Es que una hamburguesa por la calle… me da pereza. ¿A ti no?

Strike one. En el segundo intento, pruebo algo distinto, algo que probablemente le pille desprevenida pero que podría funcionar si se lo vendo bien:

-A ver… ¿Y si probamos Cereal Hunters? Vale que son las nueve, pero nada está escrito. Somos jóvenes, guapos… Unos Fruit Loops ahora entran solos. ¿No?

-Es que cereales… Con la de sitios buenos que hay… No sé. No me apetece dulce. Si eso luego de postre.

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Strike two. Me queda una opción. Un tercer ida y vuelta incorrecto puede empezar a agotar la paciencia de alguien: la mía. Hago acopio de todos mis conocimientos, escasos por otra parte, sobre restaurantes, sobre sus gustos, sobre el callejero… Y creo encontrar la solución perfecta: sitio bien, nuevo, buena comida, variada, ambiente acogedor… Imposible fallar:

-Lo tengo. Cannibal, en la calle Almirante. Es un sitio nuevo de esos que te gustan con pared de ladrillo visto, Cocktail Bar, mesas separadas, buen servicio y carta comodín. Ya sabes, tartar, ensalada, carne, pescado, podemos salir con hambre o salir rodando.

-¡Ah sí! ¡Sé cuál es! Un poco oscuro. ¿No? ¿No se te ocurre ningún sitio más alegre y donde podamos estar tranquilos?

Strike three. Strike Out. Lo sospechaba. Sus dos palabras eran una trampa. Traté de sonsacarle lo que realmente quería, pero me devolvió ese me da igual que terminó por despistarme del todo. Igual no le daba si no le parecieron bien los tres anteriores.

Le daba igual pero. Era ese “quiero algo pero no sé qué” que tan bien parecen comprender ellas y que nos cuesta infinito asimilar. Yo me impacienté, y conmigo ella.

Seguimos con un toma y daca, tira y afloja, una discusión o un lo que sea que me hizo sentir estúpido, y sigo así desde entonces. De golpe se calma. Articula un “es que a veces me pones de los nervios”. Me abraza y me dice que no quiere discutir por tonterías. Que qué tal si… Bueno, eso ya da igual.

¿Qué te voy a contar que no sepas? En realidad ella me encanta. Pero es que están todas locas y no hay quien se entere. ¿Qué nos pasa que no sabemos descifrar algo aparentemente tan obvio?

Al menos ya sé que soy idiota, me queda entender por qué.

Á.J.

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