EL DE LA NIÑA DEL CÁRDIGAN BLANCO CON LAS SOLAPAS NEGRAS


Me gustaría que supieras por qué me fijé en ti.

Qué fue lo que llamó mi atención.

Y por qué me has venido esta noche a la mente.

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Salgo de la ducha corriendo y termino de vestirme a la pata coja mientras engancho las llaves del coche. Esta noche he quedado en pasar por su casa y ahora mismo no me sobra el tiempo. El plan, repaso mentalmente, es poder tomarnos una copa de vino rápida en la barra antes de sentarnos.

Ha oscurecido hace ya un rato y conduzco con las ventanillas bajadas y la calefacción al máximo. La verdad es que este olor a Madrid le pone de buen humor a cualquiera. El ligero alboroto de un viernes por la noche, que de ligero tiene poco, la mezcla homogénea entre esos que salen cansados del trabajo y esos otros que llevan ya al fin de semana atado en corto. Cañas, cenas y copas; amigos, amores y desamores; y demás entretenimientos que, en mayor o menor medida, a todos nos esperan.

Llego a su calle un poco justo de tiempo, aparco y me bajo del coche para avisar por teléfono. Nada que no sepas ya en realidad, que eso de esperar en el coche nunca fue lo mío, como viste, ni lo de mandar mensajitos, o lo de pro… espera que ya sale.

Y espera un poco más porque, con tu permiso, está ella espectacular.

Un conjunto pensado con exquisita inteligencia, combinado con ese porte innato que los dioses reservaron para algunas de vosotras. Unos pantalones marino, de siete octavos; unos tacones de ante, oscuros y atrevidos; y un abrigo cerrado de corte recto, con mangas ligeramente acampanadas, que esconde todo un mundo de posibilidades en su interior. Un fular en el cuello y un toque de rouge en los labios complementan un dibujo al completo que es como para caerse de culo.

Llegamos poco después al restaurante y la noche mejora por momentos. La encargada, más simpática que la mayoría, nos pregunta si queremos tomarnos algo en la barra mientras terminan de preparar la mesa. Yo, disimulando muy poco que me encanta la idea, le respondo sonriendo con un tímido perfecto. Y si queréis os guardo los abrigos también, añade, y así no tenéis que cargarlos.

Entonces pienso en lo agradable, y por momentos inusual, de cruzarse a personas tan simpáticas por la vida. Como aquél camarero que nos servía las copas con solo mirarle, ¿te acuerdas?, que fue a buscarte expresamente el limón que le pediste, porque eso de la tónica no iba contigo. Solo que esta vez es un poco diferente, porque, sin yo saberlo aún, al pedirnos los abrigos, esa encargada tan simpática acaba de liberar la más pura y la más peligrosa de todas las kryptonitas.

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Kryptonita de las malas. De las que queman con solo mirarlas y reavivan, sin darnos ningún margen, una hoguera hace tres semanas consumida. El solo reflejo de ese cárdigan blanco está a punto de teletransportarme a una terraza no muy lejos de allí.

Un fular y medio abrigo más tarde se confirman mis peores augurios. Esas solapas negras, redondas, que nacen en el cuello y moldean su silueta hasta la cintura, han arramplado con la cuenta sin pedir siquiera el cambio.

Ese mismo cárdigan, déjame recordarte, que llevabas tú la noche en que los dos nos encontramos. Ese maldito cárdigan blanco con las malditas solapas negras.

Demasiado elegante, si acaso eso existe, que llevabas ligeramente remangado, con esa desfachatez tan propia de una alfombra roja. Ahora ya no sé, por cierto, no me acuerdo, si te vi entre la segunda copa de vino y la tercera, o entre la tercera y la cuarta, pero estoy seguro de que fue nada más llegar, porque me dejaste sin refugio ni consuelo para el resto de la noche. Y yo, que me dejo secuestrar, borracho con tus labios, recuerdo que te lo quitaste un momento, o que te lo quité yo, quizás, con media copa en una mano y tu sonrisa en la otra.

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Buscarlo es lo último que recuerdo, el día siguiente, nada más levantarme. Y eso lo recuerdo porque nunca lo encontré. Porque tú, sin avisar, malvada, sin llamada ni mensaje ni paloma mensajera, lo escondiste en otro cuarto. Y yo, confiado como estuve, sigo aún con la resaca que me dejó.

Ahora, por segunda vez aquí lo tengo, en frente de mí. Y me has venido a la mente y creo que tenía que contártelo.

Que me jode que al verlo te estoy viendo a ti. Que me jode que ella no eres tú. Pero supongo que así son las reglas, ¿no?

Supongo que la mano blanca reparte, blanca como tu cárdigan, y que el resto es sota de bastos fija. ¿Y en qué me afecta eso?

En mucho. En poder llegar al fin del juego. O en no poder. En que ahora, en la puerta de su casa, mi noche es tan negra como tus solapas. En que tú te has ido con otro, palabra de paloma mensajera, y yo quiero quitárselo a ella como lo hice contigo y perderme en tus recuerdos o perderme en los suyos.

Pero no puedo. O no quiero. Y lo sabes, y sé que lo sabes.

Porque la chica del cárdigan blanco siempre serás tú. Y a cárdigans, querida, no hay quien te gane.

Here’s looking at you, kid.

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Y la moraleja de esta historia, antes de que se me olvide, es que la próxima vez no me puedo fiar de nada. Ni de nadie. Y menos aún de una encargada tan simpática.

GdG

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