TÚ, MADRID, TÚ CON MADRID


Siempre tuvimos el cine en común. Y si existe el concepto peli y manta, es que no estamos solos. Pero si hay algo que siempre nos ha caracterizado es que lo fácil, lo absurdo y lo descaradamente previsible nunca nos gustó. ¡No a los besos finales que intuyes desde la segunda escena! Eso no es cine. No es nuestro cine. Nuestro cine es creer, es crear. También es pensar, reír, llorar y es sufrir. Es ahogarte en las manos de un director, ser marioneta de un guionista. Es dejarte embriagar por una buena interpretación.
¿Qué quieres que te diga? Siempre fuimos de disfrutar con las actuaciones estelares, y aquí, tú estuviste espléndida.

alfie

Era uno de esos días en los que por más que lo intento no puedo ni imaginarme el sol. El cielo no quería parar de llorar, y la verdad, en domingos así cuesta celebrar. El fin de semana había sido un encadenamiento sin fin de momentos extraños que solo se hilvanan en tu cabeza a medida que intentas recordar. Mil historias de otro fin de semana loco. Imágenes sueltas que, en vídeo, quedarían preciosas, y envidia… la que siento yo de ellas.

Envidia de esas imágenes en las que volvías a estar tú y que nunca recuperaría. Recuerdos que querría inmortalizar, pero que por mi torpeza o mi falta de atención se irán difuminando. Tenerte cerca es ir con tres copas de más y eso no ayuda a fijar nada en la memoria.

Sobre todo porque el viernes voló. Intenté tenerlo controlado, intenté no darle mucha cuerda, pero las cometas no vuelan si no les das aire, y esta vez se escapó. Por caprichos del destino y de mi estupidez, que piensan parecido, me pasé tres horas paseando por Madrid, solo, ganando tiempo, ya que contra todo pronóstico ninguno de mis amigos estaba empinando el codo aún.

Lagasca arriba, y Serrano abajo, e izquierda en Maldonado. Y Claudio Coello arriba de nuevo, y Velázquez abajo. Procurando no darle demasiadas vueltas a la cabeza y fracasando. Pensé; mucho. En cómo sería esa noche contigo aquí. En organizar a mis amigos desaparecidos para que todo lo que fuéramos a hacer fuera, quizás no perfecto, pero que al menos lo pareciera. Ya sabes, lo de las apariencias. Tú me llamas cretino por ello, pero sabes que no lo puedo evitar.

Y cuando creo que por fin el plan está saliendo bien, me dejo llevar. Y ahí, me perdí. Y bebí y reí y disfruté, y seguí bebiendo y seguí riendo y seguí disfrutando. Y cuando me quise dar cuenta me había bebido la noche y todo aquello que debía ocurrir, ocurrió en un universo paralelo.

Porque cuando al fin te vi eran las cinco y media, a mí daba pena verme y tú estabas como si acabase de empezar la noche. No fueron más que treinta segundos. Treinta segundos tras los que tu amiga te volvió a arrebatar, pero que me sirvieron para irme a casa volando. Mejorando sustancialmente mi recuerdo de la noche. Y esos treinta segundos para mi fueron con música, y esa, la mejor escena de la historia del cine.

El sábado amanecí, Dios gracias, a la una de la tarde y sin excesivo dolor de cabeza. Y tú, sutilmente maldijiste el día porque no tenías ningún plan, y yo astutamente te revelé los míos para luego renunciar.

Porque mis planes de ese finde siempre pendieron de un hilo ya que tú, tonto de mí por confesar, siempre fuiste prioridad. Y porque un día contigo es un soplo de aire fresco aunque sepa que ahora no lo sentimos igual. Si alguien te entiende, te da juego, alguien con quien la conversación nunca muere y hasta las nubes parecen un tema relevante, disfrutas de verdad. Y por eso, aunque seas una de esas películas que me roban el sueño a diario, gano vida y disfruto a un nivel que me cuesta infinito alcanzar.

Parecía que incluso el karma estuviese de mi lado al permitirme aprovechar mi experiencia de la tarde anterior para guiarte por mis calles, por esas que ya conoces casi mejor que yo. Pero aquí, de nuevo, me barriste. Porque por suerte para mi adicción, quieres casi tanto a mi ciudad como lo hago yo. Nuestro cielo es más azul que ninguno y ese nosequé que tiene Madrid, no lo tiene ninguna otra ciudad. Su ambiente te atrapa y en tarde de derby incluso más, aunque esta vez, nos pintasen la cara.

Y es que de nuevo tú me ganaste. Porque cuando te dejé en casa, mi plan, pese a prometer mucho, se volvió a torcer como suelo torcerlo, y el tuyo, pareciendo imposible, remontó el vuelo. Y probablemente tu historia de esa noche merezca más la pena que esta pequeña crónica. Y me alegra percatarme de que son esas noches las que hacen que sientas esa necesidad por dejarte caer, por dejarte liar. Porque tú te lías como nadie. Y porque tú, y Madrid, y tú con Madrid me emborracháis de un modo hipnótico y no puedo sino disfrutarlo.

bego

Y luego lo pienso, y me pongo otra vez esa película con los momentos del fin de semana. Y me enfado porque es jodidamente buena, de las que te hacen pensar. De esas en las que no sabes si amas u odias al maldito guionista cuando tratas de entender los porqués y los ysis, y te planteas lo capullo que puede ser el karma, la suerte, el destino o mi abuela en bicicleta. Porque aunque está muy dicho, en ocasiones puede no ser el momento indicado y lo que hoy no es, es porque no debe ser. Y jode pensar en eso de que la paciencia amarga pero su fruto es dulce.

Y lo más duro es que tuvo que acabar con un cliché de esos que odiamos y que le harían bajar la cara a Hitchcock de lo obvio que era. Hasta la meteorología te respetó. Tú no mereces otra cosa. No podía ser de otra forma y el domingo, el día en que volviste a marchar, Madrid no pudo aguantar las lágrimas y no quiso dejarnos ver el sol.

Á.J.

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