VINOS, CAZAS Y POCAS LUCES


Como si el tiempo no pasase, le digo a mi amigo, encantado, justo después de pedir la primera copa de vino. Nos beberemos los recuerdos como si el tiempo no pasase.

Unos minutos antes, nada más sentarnos, con poco o ningún tiempo para cargarnos de aire, nos habíamos puesto al día sobre todo eso que teníamos pendiente. Que si qué tal con tu novia; que si cuéntame el plan de aquel fin de semana que os fuisteis en parejita; que si qué tal acabaste el viernes; y que sí, que yo, con mis ya conocidas pocas luces, volví a cruzarme esa noche a quien tú ya sabes.

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Y ahora se ha quedado él un segundo callado, mirando de reojo esa segunda –o tercera– copa que nos ha servido ya el encargado, chapeau por él, sin que nos diésemos cuenta alguna. Deberíamos cenar my friend, los dos, me dice, como improvisando el comienzo de un soneto oscuro. Por no emborracharnos, continúa, más que nada. Puede que con él el tiempo no pase, pienso, pero las copas vuelan como perdices hacia línea de escopeta.

Mientras tanto, los que sí que van volando son los de la mesa del fondo, cantando a capela un beso y una flor como si estuviesen solos en la terraz…

  • Cruzaré llorando el jardííííín… –Huy, perdonad, intento decir, ¿os import…
  • Y con tus recuerdos partirééééé… –¿Hola?

El otro día leí, continúo, que uno de los efectos más implacables del vino es que, cuando bebido entre amigos, vuelve una conversación un poco más sincera, un poco más profunda, y muchísimo más elocuente.

Y puede que sea verdad. O puede que haga mucho que no nos vemos. Puede que tres copas ya sean muchas o puede que no queramos seguir pensando en ellas. Puede que este momento sea un regalo. Envuelto. Tres veces. O una trampa, quién sabe. O puede que sea ligero equipaje para tan largo viaje. Pero de repente, sin saber muy bien cómo, nos vemos divagando sobre el yo – tú – nosotros del día de mañana, sobre lo que queremos llegar a ser.

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Y entonces empezamos, sincera y profundamente elocuente, esa conversación.

Y poco tardamos en entender, incluso con tres copas de vino, que todavía no lo tenemos nada claro. ¡Ja! Digo todavía como si alguna vez lo fuésemos a saber. Y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¿Alguno de vosotros lo sabe, o lo ha sabido alguna vez? Gracias.

Pero sabes que yo siempre me quise quedar en los 18, me suelta con la mirada perdida, y tú me decías que mejor serían los 25. Pues ahora los tenemos, contesto muy digno, y ella está más guapa que nunca, cierto es, pero nosotros también, ¿no te parece?

Y en eso estábamos cuando, sobre el qué seremos, pensamos que la persona en la que queremos convertirnos puede no ser una forma alcanzable como tal. Puede que nos esté esperando, impaciente, dentro de cinco años. O de uno, o de diez. Y puede que en el fondo esté jugando con nosotros, que cada paso que demos lo dé ella también, silenciosa, como para mantener las distancias. Y eso significa que, en realid…

  • Al partiiiiir… –¿Otra vez?
  • Un beso y una flooooor… –Que siiiii.

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Y eso significa, perdonadles, que nunca vamos a alcanzarla, que esa persona envejece con nosotros, solo que un poco más tarde en el tiempo.

Y si eso es verdad, igual nos han engañado, ¿no?

¿Qué es eso de que nunca vamos a ser quienes queremos ser?

Creo que esa última copa te ha dejado trastocado, muchacho, me dice mi amigo con voz de vaquero.

O a lo mejor no, no sé. A lo mejor es verdad. A lo mejor esa persona va estar siempre por delante de nosotros. A lo mejor es ella, esa suerte de intuición, quien nos avisa de si es momento de meter cara o de tirar al tenazón. De pararse y apuntar, o de cerrar los ojos y dejarse llevar. A lo mejor es esa estrella que, cantan los del fondo, de noche me acompañará.

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Y a lo mejor así es como tiene que ser. Que lo divertido de esta caza no es llegar a casa descompuesto y con las reses abatidas en la junta de carnes. Lo divertido es buscar. Y perseguir. Y apuntar. Y fallar. Y seguir buscando y seguir persiguiendo y seguir apuntando y seguir fallando cada día que nos levantamos. Que en esta montería no hay rehalas ni maestros, y nos toca a nosotros, escopetas negras, concertar la mancha.

Y entre vinos y cazas nos dieron las 11 y pico y, parafraseándote, le digo, deberíamos brindar my friend, los dos.

Por el qué somos, más que nada.

Un te quiero, una caricia, y un adiós y hasta la próxima, que espero no sea dentro de mucho. –Y ese adiós, lo confieso, lo hemos cantado nosotros también, impulsados esta vez por una presión social insoportable y un momento, por fin, oportuno–.

Y él se fue a casa de su novia, donde el cielo se une con el mar, y yo me fui a la mía, pensando en tu sonrisa.

Pero esa otra historia para la que necesito un poco más de reflexión y otro par de copas.

Me voy, pero te juro que mañana volveré.

GdG

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Un comentario en “VINOS, CAZAS Y POCAS LUCES

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