UNA DE TRENES, PLAYAS Y LABIOS ON THE ROCKS


Hoy es uno de esos viernes en los que todo el mundo tiene una fiesta, o se va de viaje, o tiene algún plan, menos yo. Y salgo del trabajo cansado, pensando que en el fondo no me importa, que me vendrá bien una noche tranquila, de vinos y lecturas, y que mañana será otro día.

Ya en la estación, el tren llega con retraso, cómo no. Veintidós minutos de reloj que anticipan descaradamente una de esas noches catastróficas en las que nada sale bien y uno se tropieza hasta con el nudo de los mocasines. Más se perdió en Cuba, pienso, tampoco tengo ninguna prisa.

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Llego, pues, tarde a casa y con esa copa de vino que me había prometido en mente, para descubrir, espantado, casi ofendido, que hase acabado el vino. Un ligero sabor a nostalgia y un atroz desconsuelo me suben de los pies a la cabeza y anulan totalmente cualquier capacidad de reacción. Nunca me darán un Nobel por buen previsor, me temo. Un escalofrío en la columna vertebral me trae de vuelta, y con los ojos en blanco y un portazo me convenzo de que tampoco es tan grave. Esa resaca que me ahorro mañana, me digo, porque sé muy bien que no era una copa, o dos, las que tenía en mente.

Me lanzo entonces a cocinar, como para relajarme, pensando en cómo hemos dejado que el verano se acabase, si ayer era junio y hoy ya estamos en noviembre. Y mientras espero a que suene esa alarma que tiene mi horno, exaltantemente aguda y capaz, por cierto, de provocarle un infarto a quien no se la espera, me pregunto, brillante científico yo, sobre la maravillosa y envidiable semana que estáis teniendo todos. Craso error por el que sí que me darán un día el Nobel, anticipo, cogiéndome la barbilla como si lo meditase un momento. El Nobel al ser humano más incauto del planeta, que no sabe aún lo oscura que es la noche que le espera. Oscura como boca de lobo.

Y de repente, esa alarma salta like a Rolling Stone, y con ella, los plomos del edificio, las canciones de Adele, el gato del vecino, los idus de marzo y mi última esperanza de noche tranquila. Todo a tomar por saco.

Porque has aparecido , que siempre fuiste tan anti social network, en las fotos de tu amiga que nunca lo fue. Estáis en una playa que roza lo ilegal y me entran ganas de llamar a la policía. Denunciarte o denunciaros, a ti o a las redes sociales, porque estás más guapa que ninguna. Guapa y feliz que haces daño. Elegante, pura y honesta, como la mejor versión acústica de esa canción que en su día contaba nuestra historia.

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Y lo único en lo que pienso ahora es en esos veintidós minutos de retraso del tren, en si existe de verdad el premio Nobel de los incautos y en ese vino endemoniado que no quise comprar en su momento.

Inconsciente, empiezo a tararear nuestra canción como mirándote a los ojos –tararear que no cantar, por respeto a los vecinos– confesándote todas esas cosas que nunca me atreví a decirte. Y entonces caigo en que se me va a quemar la cena, pero no me importa, porque nunca te pedí perdón.

Y empiezo a confesarme.

Te pido perdón por buscarte día y noche en esas fotos que nunca subías. Te pido perdón porque no encontrarte me ponía enfermo y te pido perdón porque ahora que te encuentro me pongo aún peor. Te pido perdón porque nunca quité tus fotos de aquel corcho que guardé como un Gauguin y te pido perdón por decirte que sí que lo hice. Te pido perdón porque quise olvidarte, pero pensando en ese corcho acababa emborrachándome y olvidarte no era suficiente.

Te pido perdón porque sé que sigues con él y no quiero saberlo. O no debería. Pero te lo pido muy bajito, por si le tienes al lado, porque no quiero que me escuche y se organice la de San Quintín.
O te lo pido gritando porque a lo mejor eso es exactamente lo que quiero.

Te pido perdón porque está ella en la habitación de al lado y a veces sueño que eres tú. Y cada vez que dice mi nombre recuerdo cómo lo decías tú y en eso, querida, siempre fuiste una tramposa. Te pido perdón por llamarte a estas horas para saber si también susurras el suyo con la misma maldita voz y si lo haces con esos malditos labios de maldito ángel que yo me bebía en los malditos bares on the malditas rocks.

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Te pido perdón para enseñarte que lo tengo todo controlado, o enseñármelo a mí. Controlado con la misma destreza que cuando me enseñaste a esquiar en Sierra Nevada, descarada tú, trazando esas curvas con la precisión de un orfebre, mientras yo bajaba con otras curvas en mente y no sabía si me dolían más las manos, los tobillos o el orgullo. Pero te lo pido por la izquierda, como lo hice aquel día que salimos de ver ese bodrio del que estuvimos cuatro años riéndonos porque ninguno de los dos lo entendimos. Te pido perdón porque me puse en bucle el DVD que me regalaste y creo que por fin lo entendí, que Brad Pitt llora al final porque las segundas –o terceras– partes siempre son mejores.

Te pido perdón porque te mentí.
Porque te dije que no podría vivir sin ti, y sí que puedo. Pero no quiero.
Te pido perdón, pero volvería a hacerlo, ¿sabes?
Pegármela en Sierra Nevada. Con los ojos cerrados.
Porque eres mi primera reflexión del día y mi última copa de la noche.
O mi primera copa y mi última reflexión.

Te pido perdón, but I’m not the guy you’re taking home.

Nos vemos entre rejas, bandida. Tú por guapa, y yo por incauto.

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10 comentarios en “UNA DE TRENES, PLAYAS Y LABIOS ON THE ROCKS

    • Y la imagen que usas del whisky es demasiado acertada. Porque hay que bebérselo a sorbos, y muy despacio, para poder saborearlo pero sobre todo digerirlo, y aceptarlo. Igual que hacemos con esas personas a las que en el fondo nunca hemos podido olvidar.
      Beso.

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