ALGUNAS PERSONAS NUNCA SE VUELVEN LOCAS

Una cierta sensación familiar le recorre el cuerpo y divaga sobre lo rápido que pueden cambiar las personas. Personas como él, que se comporta como dos diferentes, opuestas incluso, según la ocasión, y todo esto sin lógica aparente.

Igual necesito un sorbo de esa poción, como la del Dr. Jekyll, para poder descontrolarme y sacar a Mr. Hyde cada vez que me apetezca.

“¿Y tú, que no te pierdes una, dónde narices te metiste el sábado?”

Su amigo le saca de esa ensoñación dando un sorbo a una cerveza casi terminada y una mueca risueña florece en su cara mientras piensa en cómo responder. Por suerte, recuerda ya lo acontecido el sábado, pero averiguarlo no había sido nada sencillo:

Ese domingo se levantó sorprendentemente lúcido. Aun así, siguió paso a paso la rutina de los días de resaca. Levantarse, beber medio litro de agua, lavarse los dientes, comer algo, volver a lavarse los dientes y meterse en la ducha. Ahí cuando por fin se detuvo a recordar, o al menos a intentarlo, la noche de aquel sábado. Nada. Blanco absoluto.

Sabía dónde había estado pero no recordaba nada. Las cicatrices en su cuerpo lo aseguraban. Sus amigos lo atestiguaban. Y lo que es peor, las fotos en su móvil lo certificaban. Sin embargo, todo escapaba a su control.

En lo más profundo de su ser tenía miedo. La intuición le decía que no había hecho nada de lo que arrepentirse, la opaca nube que guardaba sus recuerdos que no se fiase.

La realidad era que sabía que debía reír. Sabía que esa noche, él o quien quiera que le estuviera poseyendo lo había pasado bien. Muy bien.

Es entonces cuando, ávido de respuestas, comienza una búsqueda que pueda proyectar algo de claridad sobre sus recuerdos.

Ninguno de sus amigos recordaba haberle visto una vez caída la noche. Solo mencionaron que le vieron on fire con unas chicas que a todas luces debía conocer.

Sabía perfectamente donde ir porque era absolutamente consciente de a donde le dirigían sus últimas reminiscencias y eso en parte le aterraba. Nada bueno podían tramar esas tres. ¡Qué tres!

Ellas eran de esas chicas que con dos palabras te escriben un cuento. ¡Qué no habrían hecho de él, que ya iba encendido, tras dos copas y un par de canciones!

Quedaron a tomar un café con el pretexto de atar todos los cabos que tenía sueltos de aquella noche. Lo que le contaron le dejó completamente descolocado, casi literalmente, como fuera de sí. Cierto es que confirmaron muchas de sus sospechas: fue con ellas con quienes desapareció entre la muchedumbre para no volver. Fueron quienes estuvieron con él todo el tiempo bailando cada canción como si solo así pudieran asegurar el mañana. Y no cabía ninguna duda de que, como creía, lo había pasado muy bien.

“El hombre no es realmente uno sino dos”.

Y no es cuestión de escribir una oda al alcohol porque no fue la causa del cambio. Estos cambios ocurren cuando se dan las condiciones adecuadas, fuera de su alcance, como el día de la semana, la carga de trabajo o la maldita temperatura atmosférica, y ese es quizás su problema. Esas condiciones exactas se juntaron el sábado, y fue por eso por lo que salió Mr. Hyde de un letargo prolongado. Nada que ver con la poción del Dr.Jekyll.

Seguía escuchando atento cómo sus amigas iban diseccionando poco a poco esa otra persona en que se convertía. Se mantuvo en silencio durante muchos minutos, escrutando cada mueca, analizando sus caras que sonreían con cada detalle. Hablaban de él, sí, pero de los dos. Y eso le jodía.

Trata entonces de justificar por qué no es siempre así, internamente, como exponiendo su caso a un jurado popular. Quiere entender por qué Mr. Hyde se esconde tantas noches, pero se detiene en un punto muerto cuando se da cuenta de que no puede. De que no lo sabe y de que no quiere. En ese momento, su parte más analítica, más Jekyll, concluye que todo esto es un problema de actitud. De querer ser demasiado correcto o de no querer defraudar nunca a nadie.

Pero Mr. Hyde no mide esas cosas. Mr. Hyde se divierte. Y sus recuerdos son ahora más lúcidos: bailes, copas, saltos, risas, cánticos varios…

Recuerda una frase de Bukowski que le marcó en el pasado: “Some people never go crazy. What truly horrible lives they must lead.” Y decide hacerla su máxima. Decide que es el momento de presentar a Jekyll y a Hyde para quedarse con lo mejor de ambos, o hacerles confrontarse.

A ver quién gana. 

“¿El sábado? Lo pasé como un enano.”

Y pide la cuenta.

Á.J.